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En Italia hay ya unas veinte
personas ciegas que practican el buceo. A primera vista podría
parecer bastante extraño que un deficiente visual, cuyo contacto
con el exterior se basa sobre todo en indicaciones sonoras,
completadas y reforzadas por mensajes olfativos, pueda
encontrarse a sus anchas en un entorno en el que domina el
silencio, roto solamente por las burbujas que salen del
respirador, y en el cual no existe ningún olor en absoluto.
GIULIO NARDONE ITALIA
No hay duda de que si la corriente o la "ola"
generada por la resaca submarina, al pasar sobre los campos de
algas o a través de las ramas de los corales, produjeran el
mismo sonido que el viento al pasar entre las zarzas o entre las
ramas de los árboles y si los peces, en lugar de ser mudos como
afirma el dicho popular, emitieran toda la gama de ruidos y
sonidos que componen el pentagrama de los animales terrestres y
de las aves, el mundo sumergido sería aún más fantasmagórico.
Sin embargo, el silencio tiene igualmente su fascinación, y
no sólo para el que puede centrar toda su atención en las
formas y en los colores que golpean su retina. También el que no
ve advierte la belleza casi hipnótica del silencio profundo y se
ve arrastrado a centrar su atención en las sensaciones
táctiles, en el discurrir del agua sobre las partes descubiertas
de su propio cuerpo, en la variación de la temperatura, en la
infinita gama de sensaciones transmitidas al cerebro por las
yemas de los dedos que acarician la flora y la fauna
subacuática.
Si se piensa bien, la realidad natural que se presenta a la
vista, al igual que al tacto, atravesando un bosque, es mucho
menos consistente que la que ofrecen los mares tropicales y,
sobre todo, al menos en algunos casos, ha sufrido en una menor
medida las contaminaciones y los daños causados por la mano del
hombre.
SENTIMIENTO DE LIBERTAD
Por lo tanto, también las personas con limitaciones visuales
son capaces de apreciar, quizás más que las personas con una
visión normal, el placer de sentirse libres de la fuerza de la
gravedad, de casi poder llevar a cabo el viejo sueño de Icaro,
como es el de poder volar, disfrutar plenamente las tres
dimensiones, ejecutar movimientos y evoluciones totalmente
imposibles en tierra firme.
El que no ve, sobre todo si nunca ha podido experimentar la
visión, tiende a concebir el espacio que lo rodea como un vacío
absoluto, una nada de ningún modo segura, ya que está poblada
por cosas cuya presencia no advierte si no es por indicios
indirectos, pero con las que puede tropezar o que le pueden caer
encima : el aire es un elemento demasiado sutil e impalpable para
constituir una protección.
Por el contrario, estar sumergidos, rodeados, abrazados por la
morbidez de un líquido que no es tan fluido como para que no
podamos sentir su presencia en torno a nosotros y que ralentice
todos los movimientos, hace sentir al mismo tiempo menos peligro
y más armonía, casi como una danza; extremadamente seguros. Tal
vez nos evoca, inconscientemente, la sensación de una vuelta al
líquido amniótico del seno materno.
Me doy cuenta, sin embargo, de que todo lo anterior no es otra
cosa que la búsqueda, en último término, de una justificación
del deseo que tengo de sumergirme; la verdad más inmediata y
más simple es que el hacerlo me proporciona una inmensa alegría
y que bajo el agua me encuentro verdaderamente bien y
completamente a mis anchas.
ES POSIBLE
Y es por esto que después de mis primeras experiencias
esporádicas realizadas en 1962, cuando aún militaba en la
categoría de los hipo-videntes, una vez que se han presentado
las circunstancias adecuadas y las ocasiones oportunas, he
decidido hacer más frecuente y regular mi contacto con el mundo
sumergido, hasta conseguir el título de "open water",
en su modalidad para personas con discapacidades; posteriormente
obtuve también el "advanced".
Ocho años y centenares de inmersiones en todos los mares del
mundo me han enseñado muchas cosas y me han convencido de que
las actividades submarinas están fácilmente al alcance de las
personas invidentes, siempre que se lleven a cabo con el cuidado
y la atención que exigen y valiéndose incluso de la experiencia
de otras personas, para evitar los pequeños y grandes
inconvenientes que pueden presentarse.
En mi deambular por todo el globo he conocido a casi un
centenar de guías submarinos, ninguno de los cuales había
tenido jamás ocasión de sumergirse con un ciego, ni había
realizado ningún curso que les preparara para ello. Siempre ha
resultado para mí una sencilla rutina la breve y simpática
charla con la que explico a mi próximo "buddy" cómo
me debe guiar y, al mismo tiempo, trato de hacerle superar el
ansia, y a veces el miedo, que le produce la idea de tener que
"llevar" bajo el agua a una persona que no ve. Las
primeras veces he sido verdaderamente "llevado",
arrastrado, empujado y colocado aquí y allá, sin tener ni idea
de la dirección, de la profundidad, de las cosas que me hacían
tocar. Después de estas primeras experiencias un tanto
negativas, he comprendido de inmediato que todo esto no se
correspondía de hecho con lo que yo intentaba y deseaba hacer:
no quería ser un fardo inerte, sino un protagonista activo y
directamente participante en la excursión subacuática.
No quería quedarme agarrado pasivamente al brazo del
instructor, sino aletear con él y dirigirme con conocimiento a
la dirección que se me indicaba, para poder así memorizar el
recorrido, tanto en sentido horizontal como vertical y, sobre
todo, poder tener un mínimo de diálogo, recibir la información
necesaria para poder entender la naturaleza de las cosas que iba
tocando. Y esto cuando aún no utilizaba los intercomunicadores
vocales subacuáticos.
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TÉCNICAS
Para lograr todo esto, he elaborado y perfeccionado a lo
largo del tiempo unas modalidades específicas de guiado,
como p.ej. el sistema "rudder", y una serie de
señales táctiles, lo más sencillas e intuitivas
posibles, fáciles de comprender y de memorizar.
El deseo de hacer partícipes también a otras personas
con discapacidades visuales de mi entusiasmo, y de
ahorrarles el esfuerzo de tener que inventar desde cero
un método propio de hacer buceo, además del deseo de
simplificar las cosas para aquellos que tengan que
acompañar a un ciego o a un hipo-vidente, me ha llevado
a escribir un libro, titulado "Bajo el agua con un
ciego". En él he querido, junto con su coautora,
María Luisa Gargiulo, psicóloga y también ella
hipovidente, sugerir unos comportamientos estándar, que
cualquier persona pueda adaptar a sus propias
necesidades, pero que pueden evitar de forma sencilla
toda una serie de errores debidos a la inexperiencia
específica.
Pienso que incluso los discapacitados visuales, para los
que existe una versión en disquete magnético o en disco
flexible que se distribuye gratuitamente, podrán
encontrar interesante su lectura y ser influidos por
nuestro entusiasmo, que es posible que logre llegar allí
o acá, aunque sólo sea a nivel de sugerencias técnicas
y prácticas. |
Pero me gustaría que esas páginas pudiesen
conseguir otros y más importantes fines de carácter general:
por un lado hacer que todo el mundo conozca mejor al ciego como
persona, más allá de los estereotipos y de los prejuicios
habituales, con objeto de poder convencer a la gente de que,
aparte el problema visual, no somos personas tan extrañas y
diferentes; por otro lado, hacer comprender que también en este
caso, como en tantos otros de la vida, en el preciso momento en
el que uno se da a los otros, se puede recibir mucho a cambio.
Tener que seleccionar y después describir las maravillas de la
naturaleza hace que el guía lo vea con otros ojos, con mayor
atención, conocimiento y participación: he podido escuchar
muchas veces que nunca se habían dado cuenta de una forma tan
profunda de la belleza de todo lo que les rodeaba, como cuando
habían tenido que describírmelo. El que me acompaña
habitualmente me ha confesado que cuando se sumerge conmigo
siente un entusiasmo mucho mayor, en tanto que el placer de
disfrutar de las bellezas del mundo sumergido se multiplica al
hacerme partícipe.
En uno de mis cuadernos de buceo, en las notas sobre una
inmersión en Rarotonga, en las Islas Cook, Dane Sennis, un
prestigioso instructor neozelandés, me escribió estas palabras
: "Giulio, gracias por esta maravillosa experiencia. Ha sido
una de las inmersiones más satisfactorias de mi carrera".
"tambien el
que no ve advierte la belleza casi hipnótica del silencio en las
profundidades marinas"
"he elaborado un método específico y un sistema de
señales táctiles, sencillas e intuitivas, para guíar al ciego
en la práctica del buceo"
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